viernes, 17 de febrero de 2012

LA CRUZ DE AREVALO

Caminaba Víctor Raúl descalzo una tarde de verano de 1970 sobre la orilla de la playa de Huanchaco de su natal Trujillo, apreciando la magia del calor de esa arena ingresando por sus pies. César Aranguren “el mocho” y Hermes Cáceda, que iban junto a él, se sorprendieron cuando gritó el nombre del heredero político del APRA, si algún día él moría: Manuel Arévalo!

Manuel Arévalo Cáceres (1904 – 1937)

Aquellos dos acompañantes tuvieron el privilegio de escuchar el relato de un hecho inexplicable por la razón y que sucedió cuando ya habían pasado cuatro meses del asesinato del que pudo ser su sucesor aplicándole “la ley de fuga”, que consistía en trasladar a un detenido de una ciudad a otra. Durante el trayecto debían bajarlo del vehículo que los transportaba en un descampado y pedirle que corra, para luego dispararle a mansalva por la espalda y justificar en la manifestación policial que “había intentado fugarse, por lo que tuvieron que hacer uso de sus armas”. Los testigos de la detención de Manuel Arévalo en un cuartel de Trujillo, cuentan que lo torturaron salvajemente, colocando los dedos de sus manos y pies en las bisagras de las puertas de fierro para luego cerrarlas con violencia, que lo habían colgado de una soga sujetada al techo fracturándole los hombros y en la noche anterior a su traslado a Lima, lo llevaron a las ruinas de Chan-Chan simulando su fusilamiento.

Su esposa, Edelmira Huamán fue impedida de verlo. El único que habló con él fue su hijo mayor, Víctor Manuel, de seis años, quien al salir se abrazó de su madre y sollozando le dijo al oído: “Mamá, dice que lo van a matar”.

Cuatro meses después de aquellos episodios, Víctor Raúl lo recordó mientras escribía y su guardia personal dormía. Solo Jorge Idiáquez se hallaba despierto, observándolo desde un árbol del jardín posterior de la casa. Aprovechaba ese raro silencio nocturno de la clandestinidad y la soledad para reflexionar sobre el futuro del partido, notando que había demasiado silencio aquella noche.

En medio de esos pensamientos, Víctor Raúl escuchó el santo y seña que venía desde la calle. Tomó su arma y se acercó sigilosamente a la ventana cubierta por una cortina vieja. Alcanzó a ver un resplandor que fue creciendo hasta llegar a iluminar la figura de una persona que lo llamaba hacia fuera. Era su compañero Manuel Arévalo. Abrió la puerta y abrazó al amigo. Al ver sus heridas lloró, y le dijo: “Qué haces aquí, si te han torturado y te han muerto”. Manuel Arévalo le respondió: “Queda poco tiempo Víctor, vienen por ti. Dile a los que te acompañan que se vayan y tú quédate en la puerta de entrada, pues no te verán”. Haya quiso seguir a su lado pero Manuel le repitió: “Queda poco tiempo”.

Entonces Víctor Raúl corrió donde se encontraba Jorge Idiáquez y le dijo que despierte a la seguridad y se vayan, indicándoles el punto donde debían esperarlo con el vehículo. Cumplieron la orden de manera apresurada y Víctor Raúl retornó para encontrarse con su amigo y compañero herido.

No lo pudo hallar. Se vio solo en la casa, tomando conciencia de lo que había hecho al ponerse a órdenes de alguien que estaba muerto y ser víctima de la broma cruel de un sueño. Dudando aún de la ilusión vivida, salió a la puerta y se halló frente a las luces de tres vehículos con los faros encendidos que rodeaban la casa para allanarla. Víctor Raúl quedó resignado a su captura, sin comprender lo que decían los soplones: “aquí no vive nadie” y “fue un dato falso”. Luego subieron a sus vehículos y se fueron. El estaba parado frente a ellos, exactamente donde Manuel Arévalo le había dicho “quédate en la puerta de entrada, pues no te verán”.

Caminó hasta encontrarse con su seguridad, subió al coche y solo ordenó que aceleraran. Algo aturdido por lo que le había sucedido, recostó la cabeza sobre el respaldar de su asiento y pensó “nadie me lo va a creer”. En ese preciso instante escuchó nuevamente la voz de Manuel Arévalo: “Víctor, estaciona el auto a tu derecha”. Víctor Raúl ordenó casi gritando a Jorge Idiáquez detener el vehículo y estacionarse. Y es que ahora no podía controlar el temblor de sus labios y el sudor frió que lo cubría, preguntando a su leal compañero: “Jorge ¿has escuchado esa voz?” Le contestó que no había escuchado nada. El Jefe volteó y les hizo la misma pregunta a los que iban atrás, notando un reverencial silencio como respuesta. La respiración se le agitó aún más y les dijo gritando: “¡Manuel Arévalo me esta hablando! ¿No lo escuchan!”

El leal Jorge Idiáquez apagó las luces del coche y el motor, quedándose en la más absoluta oscuridad y sugiriendo una necesaria siesta. Todos guardaron silencio en esa solitaria e inhóspita carretera, mientras el ambiente se cargaba de un aire piadoso y místico. En ese preciso momento pasó un auto veloz con integrantes de la policía política, quienes a poca distancia se enfrascaron en una tremenda balacera con otro auto que venía en sentido contrario. Se habían matado entre ellos al encontrarse frontalmente. Ambos pensaron estar frente al vehículo que transportaba a Víctor Raúl Haya de la Torre.

Manuel Arévalo murió asesinado un 15 de febrero de 1937 a la altura del kilómetro 237 de la Panamericana Norte, entre el pueblo de Pativilca y Huarmey en una localidad llamada Colorado Chico y donde se ha construido una gran cruz a su recuerdo, lugar también conocido como “La Cruz de Arévalo”.

Muchos años después se supo que los criminales fueron Enrique Espantoso, Ricardo Polo y Luis Saldarriaga y que, luego de los disparos en la espalda y caer Manuel Arévalo con los brazos extendidos en forma de cruz, logró escribir sobre la tierra la palabra APRA.

Habían asesinado a un “líder obrero, un autodidacta de extraordinaria cultura. Representante al Congreso a los 28 años y mártir a los 33. Arévalo fue fuerte de cuerpo y de mente. Unió en su vida las más superiores cualidades del hombre integral" (V.R.H. de la T.).

LA CRUZ DE AREVALO

Víctor Raúl Huamán, aula_magna@yahoo.com 08FEB.2009

Libro: Aquí yace la Luz. Ediciones Populares ARIEL.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

casi siempre, son los miserables quienes acaban con la vida de hombres brillantes.