lunes, 12 de enero de 2015

La (in)comunicación

Por Manuel Arboccó 
“La buena comunicación tiene como primer requisito hacer un esfuerzo por comprender a ese otro del mismo modo que pedimos su comprensión” nos advierte el filósofo Fernando Savater en el capítulo titulado ‘Vivir juntos’ de su texto Las preguntas de la vida.
Por su parte, la filósofa y profesora brasileña Olgária Matos nos dice: “Los estudiantes de hoy están acostumbrados a mirar una pantalla de su celular o de su laptop y no están acostumbrados ya a mirar a una persona (el profesor) por muchos minutos. Se aburren. Los estudiantes de décadas atrás tenían mayor atención y capacidad de concentración, ya que no había tantos distractores como ahora los hay. Antes el profesor llegaba y compartía su experiencia, su sapiencia. Ahora el profesor debe buscar despertar la atención y la motivación del alumno, además de preocuparse por su discurso y los contenidos”.
Compartimos plenamente estas observaciones. Hoy la atención y la introspección están disminuyendo. Y se insiste mucho en el ambiente educativo, acerca de lograr la atención y motivación del alumnado, dos aspectos de los cuales muchos carecen. Ahora los profesores tenemos que competir con los smartphones, las tabletas, con el Facebook y el Whatsapp, por la atención de los estudiantes.
La sociedad mediática actual no solo roba el tiempo libre con sus entretenimientos, muchos pueriles, sino, además, llena de bulla la vida. Hoy está de moda el conductor de radio y televisión que habla muy rápido o que grita –cuando no salta– y da volantines para atraer audiencia.
No olvidemos esa publicidad verborreica (con abundancia de palabras) y taquilálica (un modo de hablar excesivamente rápido y atropellado). Ya hemos escrito sobre el paupérrimo estado de la televisión actual.
Además, “muchos de estos chicos no encuentran a sus padres en casa, quienes se encuentran trabajando si es que no están divorciados o haciendo otras cosas más importantes para ellos que acompañar a sus hijos”, señala Matos.
Esta realidad se extiende a muchos hogares, a muchas ciudades, a muchos países. De esa manera, el hábito de la conversación va reduciéndose mucho y con ello las distancias entre los seres humanos se hacen más notorias. Lo peor es que pareciera que ya no necesitamos hablar o escribir para comunicarnos, ahora apretamos un botón. Hasta hay mensajes prefabricados listos para enviar en tarjetas igualmente prefabricadas. Como muchas de las que recibimos y brindamos en las recientes fiestas de fin de año.

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